«I always thought the idea of education was to learn to think for yourself», le dice Mr.
Keating a un conservador Mr. Nolan, quien argumenta que la sensatez está cabalmente
relacionada a la edad, y este diálogo me hace extrapolar los antitéticos pensamientos
de ambos personajes con la decadente realidad de la educación peruana. Suelen orientarse
los diez años que el alumno promedio transcurre encerrado entre cuatro gélidas
y azules paredes llenas de órdenes cuasimilitares que solo motivan la malsanas
competencias, conceptos distorsionados de «disciplina» y censuras por doquier al
único fin de producir en el estudiante la mejor de las notas, lo cual solo
satisface a los padres, mas no el desarrollo de la autonomía intelectual
con que se supone debería contar el futuro ciudadano, a fin de lograr el «encumbramiento
de la sociedad», esperanza casi perdida que suele ser depositada en nosotros, jóvenes,
y que no hace más que podrirse en un conformista mar de quejas estáticas. Se
preguntan a diario, pues, las generaciones anteriores, contra qué iremos a
estrellarnos en este coche atestado de superfluidad, pero nunca se detienen a
pensar en que tal vez sean ellos quienes, a fuerza de gritos al orden y la
disciplina, no hacen más que automatizar en derredor.
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